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¿que es na?

DOCE TRADICIONES

Primera Tradición

"Nuestro bienestar común debe tener la preferencia; la recuperación personal depende de la unidad de A.A."

La unidad de Alcohólicos Anónimos es la cualidad más preciada que tiene nuestra Sociedad. Nuestras vidas, y las vidas de todos los que vendrán, dependen directamente de ella. O nos mantenemos unidos, o A.A. muera. Sin la unidad, cesaría de latir el corazón de A.A.; nuestras arterias mundiales dejarían de llevar la gracia vivificadora de Dios; se desperdiciaría la dádiva que ÉL nos concedió. Los alcohólicos, obligados a volver a sus cavernas, nos lo echarían en cada, diciéndonos "¡Qué cosa tan magnífica hubiera podido ser A.A.!".

Algunos preguntarán con inquietud "¿Quiere esto decir que en A.A. el individuo no tiene mucha importancia? ¿Ha de ser dominado por su grupo y absorbido por él?".

Podemos responder con toda seguridad a esta pregunta con un rotundo "¡No!" Creemos que no existe en el mundo otra comunidad que tenga más ferviente interés por cada uno de sus miembros; sin duda, no hay ninguna que defienda más celosamente el derecho del individuo a pensar, hablar u orar según desee. Ningún A.A. puede obligar a otro a hacer nada; nadie puede ser castigado o expulsado. Nuestros Doce Pasos de recuperación son sugerencias; en las Doce Tradiciones, que garantizan la unidad de A.A. no aparece ni una sola prohibición. Una y otra vez veremos la palabra "debemos", pero nunca "¡tienes que"!

A muchos les parecen que tanta libertad para el individuo equivale a una anarquía total. Todo recién llegado, todo amigo, al conocer a A.A. por primera vez, se quedan sumamente perplejos. Ven una libertad que raya en el libertinaje; no obstante, se dan cuenta inmediatamente de la irresistible determinación y dedicación que tiene A.A. Preguntan, "¿Cómo puede tan siquiera funcionar tal pandilla de anarquistas? ¿Cómo es posible que den preferencia a su bienestar común? ¿Qué puede ser lo que les mantiene unidos?".

Aquellos que miran más detenidamente, no tardan en descubrir la clave de esta extraña paradoja. El miembro de A.A. tiene que amoldarse a los principios de recuperación. En realidad su vida depende de la obediencia a principios espirituales. Si se desvía demasiado, el castigo es rápido y seguro; se enferma y muera. Al comienzo, obedece porque no le queda más remedio; más tarde, descubre una manera de vivir que realmente le agrada. Además, se da cuenta de que no puede conservar esta preciosa dádiva a menos que la comparta con nosotros. Ni él ni ningún otro pueden sobrevivir a menos que lleve el mensaje de A.A. En el momento en que este trabajo de Paso Doce resulta en la formación de un grupo, se descubre otra cosa - que la mayoría de los individuos no pueden recuperarse a menos que exista un grupo. Se da cuenta de que el individuo no es sino una pequeña parte de una gran totalidad; que para la preservación de la Comunidad, no hay ningún sacrificio personal que sea demasiado grande. Va descubriendo que tiene que silenciar el clamor de sus deseos y ambiciones personales, cuando éstos pudieran perjudicar al grupo. Resulta evidente que si no sobrevive el grupo, tampoco sobrevivirá el individuo.

Así que, desde el mismo comienzo, la cuestión de cómo vivir y trabajar juntos como grupos ha tenido para nosotros una importancia primordial. En el mundo a nuestro alrededor, vimos personalidades destrozar pueblos enteros. La lucha por la riqueza, el poder y el prestigio estaba desgarrando como nunca a la humanidad. Si en su búsqueda de paz y armonía los pueblos fuertes se encontraban estancados, ¿qué iba a ser de nuestra errática pandilla de alcohólicos? Así como una vez habíamos luchado y rezado ardientemente por la recuperación personal, con el mismo ardor comenzamos la búsqueda de los principios por medio de los cuales A.A. podría sobrevivir. En el yunque de la experiencia, se martilló la estructura de nuestra Sociedad.

Incontables veces, en multitud de pueblos y ciudades, volvimos a representar el drama de Eddie Rickenbacker y su valiente compañía cuando su avión se estrelló en el Pacífico. Al igual que nosotros, ellos se vieron repentinamente salvados de la muerta, pero aún flotando a la deriva sobre un mar peligroso. ¡Qué clara cuenta se dieron ellos de que su bienestar común tenía la preferencia! Ninguno podía ser egoísta en cuanto al agua o el pan. Cada uno tenía que pensar en los demás y todos sabían que encontrarían la verdadera fortaleza en una fe constante. Y encontraron esa fortaleza, en grado suficiente para superar todos los defectos de su frágil embarcación, toda prueba de incertidumbre, sufrimiento, temor y desesperación e incluso la muerte de uno de ellos.

Así ha sido con A.A. Mediante la fe y las obras hemos podido seguir adelante aprovechando las lecciones de una increíble experiencia. Estas lecciones están vivas hoy en las Doce Tradiciones de Alcohólicos Anónimos, las cuales - Dios mediante - nos sostendrán y mantendrán unidos mientras ÉL nos necesite.

Segunda Tradición

"Para el propósito de nuestro grupo solo existe una autoridad fundamental: un Dios amoroso tal como se exprese en la conciencia de nuestros grupos. Nuestros líderes no son más que servidores de confianza; no gobiernan"

¿De dónde obtiene A.A. su orientación? ¿Quién lo dirige? Esto también puede parecer enigmático a todos los amigos y recién llegados. Cuando se les dice que nuestra Sociedad no tiene un presidente con autoridad para gobernarla, ni un tesorero que pueda exigir el pago de cuotas, ni una junta de directores que pueda arrojar a las tinieblas exteriores a un miembro descarriado - que de hecho ningún A.A. puede dar una orden a otro ni imponer obediencia - nuestros amigos se quedan asombrados y exclaman, "Esto no puede ser. Tiene que haber una trampa en alguna parte". Luego, al leer la Segunda Tradición, esta gente de sentido práctica descubre que en A.A. la única autoridad es un Dios amoroso tal como se exprese en la conciencia de grupo. Con escepticismo preguntan al miembro experimentado de A.A. si esto realmente puede funcionar así. El miembro, cuerdo según parece, les responde enseguida, "Sí. Sin duda es así". Los amigos mascullan que esto les parece vago, nebuloso y algo ingenuo. Luego empiezan a observarnos con ojos especulativos, aprenden algo de la historia de A.A., y pronto tienen los hechos concretos.

¿Cuáles son estos hechos, estas realidades de la vida de A.A. que nos llevaron a adoptar este principio que a primera vista parece tan poco práctico?

Fulano de tal, un buen A.A., se traslada, digamos, a Villanueva. Ahora solo, considera la posibilidad de que, tal vez, no pueda mantenerse sobrio, ni siquiera vivo, si no trasmite a otros alcohólicos lo que tan desinteresadamente se le dio a él. Siente un apremio espiritual y ético, porque puede haber a su alcance centenares de alcohólicos que sufren. Además, echa de menos su grupo base. Necesita a otros alcohólicos tanto como ellos le necesitan a él. Visita a clérigos, médicos, periodistas, policías, y taberneros……y como consecuencia, Villanueva tiene ahora un grupo, y él es el fundador.

Por ser el fundador, al principio él es el jefe. ¿Quién otro podría serlo? Pero muy pronto, la autoridad que ha asumido para dirigirlo todo empieza a ser compartida con los primeros alcohólicos a quienes ayudó. En este momento el benigno dictador se convierte en el presidente de un comité compuesto por sus amigos. Ellos constituyen la jerarquía de servicio del grupo en su período de formación - jerarquía autonombrada, por supuesto, porque no hay otra alternativa. En cuestión de unos pocos meses, A.A. florece en Villanueva.

El fundador y sus amigos canalizan la espiritualidad hacia los nuevos miembros, alquilan los locales, hacen los arreglos necesarios con los hospitales, y piden a sus esposas que preparen litros y litros de café. Como todo ser humano, pude que el fundador y sus amigos se dejen acariciar un poco por la gloria. Comentan entre sí, "Quizás sería una buena idea que siguiéramos dirigiendo con mano firme Alcohólicos Anónimos en este pueblo. Después de todo, tenemos más experiencia. Y mira el bien que les hemos hecho a estos borrachos. Deberían estar agradecidos". Es cierto que a veces los fundadores y sus amigos son más sabios y más humildes. Pero muy a menudo en esta etapa no lo son.

Ahora el grupo se ve acosado por los dolores de crecimiento. Los mendigos mendigan. Los solitarios buscan pareja. Los problemas les inundan como una avalancha. Aún más importante, se oyen rumores en el seno del grupo que se convierten en un clamor: "¿Se creen estos viejos que van a dirigir el grupo para siempre? ¡Hagamos una elección!" El fundador y sus amigos se sienten dolidos y deprimidos. Van de crisis en crisis y de miembro a miembro, suplicando; pero no sirve de nada, la revolución ha comenzado. La conciencia de grupo está a punto de tomar las riendas.

Ahora se celebran las elecciones. Si el fundador y sus amigos han sido buenos servidores, puede que - para su gran sorpresa - sean reelegidos por un período de tiempo. Pero si se han opuesto enconadamente a la creciente ola de democracia, puede que se encuentran sumariamente depuestos. En cualquier caso, el grupo ahora tiene un llamado comité rotativo, con autoridad estrictamente limitada. Los miembros componentes no pueden bajo ningún concepto gobernar o dirigir el grupo. Son servidores. Suyo es el a veces ingrato privilegio de atender a las tareas del grupo. Presidido por un coordinador, el comité se encarga de las relaciones públicas y de hacer los preparativos para celebrar las reuniones. El tesorero, que tiene que rendir cuentas ante el grupo, recoge el dinero que se echa al pasar el sombrero, lo lleva al banco, paga el alquiler y otros gastos, y presenta un informa regularmente en las reuniones de negocios del grupo. El secretario procura que la literatura esté expuesta en las mesas y que se atiendan las llamadas telefónicas, contesta la correspondencia, y envía por correo los avisos para anunciar las reuniones. Estos son los sencillos servicios que le permiten funcionar al grupo. El comité no da consejos espirituales, no juzga la conducta de nadie, y no da órdenes. Si intentan hacerlo, todos pueden ser eliminados en las próximas elecciones. Y así hacen el tardío descubrimiento de que en realidad son servidores y no senadores. Estas son experiencias universales. De esta manera, por todo A.A., la conciencia de grupo decreta las condiciones bajo las cuales deben servir sus líderes.

Esto nos conduce directamente a la pregunta "¿Tiene A.A. una verdadera dirección?" La respuesta es un rotundo "Sí, a pesar de la aparente falta de la misma". Volvamos a considerar al depuesto fundador y a sus amigos. ¿Qué va a ser de ellos? Según se les pasa su pena y su inquietud, empieza una transformación sutil. Con el tiempo acaban dividiéndose en dos clases conocidas en la jerga de A.A. como "ancianos estadistas" y "viejos resentidos". El anciano estadista es el que ve lo sabio que es la decisión del grupo, que no siente ningún rencor al verse reducido a una posición menos importante, cuyo criterio, maduro por una larga experiencia, es equilibrado, y que está dispuesto a quedarse al margen, esperando pacientemente el desarrollo de los acontecimientos. El viejo resentido es el que está tan firmemente convencido de que el grupo no puede funcionar sin él, que intriga constantemente para ser reelegido, y que sigue consumido por la lástima de sí mismo. Unos pocos llegan a estar tan consumidos por el resentimiento que - despojados del espíritu y los principios de A.A. - acaban emborrachándose. A veces el paisaje de A.A. parece estar repleto de estas figuras resentidas. Casi todos los veteranos de nuestra sociedad han pasado en alguna medida por esta fase. Afortunadamente, la mayoría de ellos sobreviven y se convierten en viejos estadistas. Llegan a constituir la verdadera y permanente dirección de A.A. Suyas son las opiniones calmadas, los conocimientos seguros y los ejemplos humildes que resuelven las crisis. Cuando el grupo se encuentra indeciso y confuso, invariablemente acude a ellos para pedir consejo. Llegan a ser la voz de la conciencia de grupo; de hecho, son la verdadera voz de Alcohólicos Anónimos. No dirigen por mandato; guían con su ejemplo. Esta es la experiencia que nos ha llevado a la conclusión de que nuestra conciencia de grupo, bien aconsejada por los ancianos, será a la larga más sabia que cualquier líder individual.

Cuando A.A. tenía solamente tres años de existencia, ocurrió algo que demostró la sabiduría de este principio. Uno de los primeros miembros de A.A., muy en contra de sus propios deseos, se vio forzado a acatar la opinión del grupo. A continuación, la historia en sus propias palabras.

"Cierto día, estaba haciendo un trabajo de Paso Doce en un hospital de Nueva York. El propietario, Charlie, me llamó a su oficina. 'Bill', me dijo, ¡Creo que es una lástima que te encuentres tan apurado de dinero! Te rodean cantidad de borrachos que están recuperándose y haciendo dinero. Pero tú que te dedicas de lleno a este trabajo, andas sin un centavo. No es justo'. Charlie busco y sacó de su escritorio un viejo estado de cuentas. Me lo pasó y siguió diciendo, 'Aquí se puede ver cuánto dinero ganaba el hospital en los años 20. Miles de dólares al mes. Podría estar ganando lo mismo ahora y así lo haría - si tú me ayudaras. ¿Por qué no te instalas aquí para hacer tu trabajo? Te daré una oficina, unos fondos razonables para gastos, y una buena participación en los beneficios. Hace tres años, cuando mi médico jefe, Silkworth, me mencionó por primera vez la idea de ayudar a los borrachos por medio de la espiritualidad, la consideré una cosa de chiflados; pero he cambiado de opinión. Algún día, tu grupo de ex borrachos llenará el Madison Square Garden, y no veo por qué tienes que morirte de hambre mientras tanto. Lo que te propongo es completamente ético. Puedes establecerte como terapeuta no titulado y tener más éxito que nadie en esta profesión'.

"Me quedé asombrado. Sentí unos pequeños remordimientos hasta que me di cuenta de lo ética que era la propuesta de Charlie. No había nada de malo en que me estableciera como terapeuta no titulado. Pensé en Lois, que llegaba exhausta a casa después de trabajar todo el día en los grandes almacenes, para ponerse a preparar la cena para una multitud de borrachos que no pagaban nada a cambio. Pensé en la gran suma de dinero que todavía debía a mis acreedores de Wall Street. Pensó en algunos de mis amigos alcohólicos que estaban ganando tanto dinero como siempre. ¿Por qué no podía hacer yo lo mismo?

"Aunque pedía a Charlie que me diera algún tiempo para considerarlo, yo ya casi había decidido lo que iba a hacer. Volviendo a toda prisa a Brooklyn en el subterráneo, sentí algo que me pareció una revelación divina. No fue más que una sola frase, pero sumamente convincente. De hecho, era una frase de la Biblia - una voz insistente que me decía: "El obrero es digno de su salario". Al llegar a casa, encontré a Lois cocinando como de costumbre, mientras tres borrachos miraban con ojos hambrientos desde la puerta de la cocina. La llamé a un lado y le conté la gloriosa noticia. La vi interesada, pero no tan entusiasmada como creía que debería estar.

"Aquella noche teníamos reunión en casa. Aunque ninguno de los borrachos a quienes dábamos alojamiento parecía lograr su sobriedad, otros sí la habían logrado. Acompañados de sus esposas, llenaban nuestra sala de estar. Enseguida, me lancé a contar la historia de la oportunidad que se me ofrecía. Nunca olvidaré sus caras impasibles, ni las miradas fijas que me dirigieron. Con cada vez menos entusiasmo, seguí hasta el final de mi historia. Hubo un largo silencio.

"Casi con timidez, uno de mis amigos empezó a hablar. 'Sabemos lo mal que andas de dinero, Bill. Nos preocupa mucho. Muchas veces nos hemos preguntado lo que podríamos hacer para remediarlo. Pero creo que expreso la opinión de todos cuando digo que lo que tú propones ahora nos preocupa mucho más'. Conforme iba hablando mi amigo, su voz iba cobrando un tono más seguro. '¿No te das cuenta de que nunca podrás convertirte en un profesional? Por muy generoso que Charlie haya sido con nosotros, ¿no ves que no podemos vincular lo que tenemos con su hospital ni con ningún otro? Nos dices que la propuesta de Charlie es ética. Claro que es ética, pero lo que tenemos no va a funcionar basándose únicamente en la ética; tiene que ser mejor. Claro que la idea de Charlie es buena; pero no lo suficientemente buena. Esta es una cuestión de vida o muerte, Bill, y nada que no sea lo mejor servirá'. Mis amigos me miraban con desafió mientras su compañero seguía hablando. 'Bill, ¿no nos has dicho tú mismo a menudo en esta misma sala que a veces lo bueno es enemigo de lo mejor? Pues, esto es un ejemplo clarísimo. No nos puedes hacer esto'.

"Así habló la conciencia de grupo. El grupo tenía razón, y yo estaba equivocado. La voz que había oído en el subterráneo no era la voz de Dios. Esta era la auténtica voz emanando de la boca de mis amigos. La escuché y - gracias de Dios - obedecí".

Tercera Tradición

"El único requisito para ser miembro de A.A. es querer dejar de beber"

Esta Tradición está repleta de significado. Porque en realidad A.A. dice a todo verdadero bebedor, "Tú eres miembro de A.A., si tú lo dices. Puedes declararte a ti mismo miembro de la Sociedad; nadie puede prohibirte la entrada. No importa quién seas; no importa lo bajo que hayas caído. No importa lo graves que sean tus complicaciones emocionales - ni incluso tus crímenes - no podemos impedirte que seas miembro de A.A. No queremos prohibirte la entrada. No tenemos ningún miedo de que nos vayas a hacer daño, por muy retorcido o violento que seas. Sólo queremos estar seguros de que tengas la misma gran oportunidad de lograr la sobriedad que tuvimos nosotros. Así que eres miembro de A.A. desde el momento en que lo digas".

Para establecer este principio, tuvimos que pasar por años de experiencias desgarradoras. En nuestros primeros años, nada nos parecía tan frágil, tan fácil de romper como un grupo de A.A. Casi ningún alcohólico a quien nos dirigíamos nos hacía caso; la mayoría de los que se unían a nosotros eran como velas vacilantes en medio de un vendaval. Una y otra vez, se apagaban sus inciertas llamas para no volverse a encender. Nuestra constante y callada inquietud era "¿A cuál de nosotros le tocará ser el próximo?".

Un miembro nos ofrece una viva imagen de estos días. "En aquella época", dice, "cada grupo de A.A. tenía muchos reglamentos para hacerse miembro. Todos estaban aterrados de que algo o alguien hiciera zozobrar la embarcación y arrojarnos a todos nuevamente a un mar de alcohol. La oficina de nuestra Fundación (En 1954, se cambió el nombre de la Alcoholic Foundation, Inc., por el de la General Service Board of Alcoholics Anonymous, Inc., y la oficina de la Fundación es ahora la Oficina de Servicios Generales.) pidió a cada grupo que enviara su lista de reglamentos 'protectores'. La lista completa medía más de una milla. Si todos los reglamentos hubieran estado en vigor en todas partes, a nadie le habría sido posible hacerse miembro de A.A. - a tal extremo llegaban nuestras inquietudes y nuestro temor.

"Habíamos decidido no aceptar como miembro a nadie que no formase parte de esa hipotética clase de gente que nosotros denominábamos 'alcohólicos puros'. Aparte de su afición a la bebida y sus desastrosos resultados, no podían tener otras complicaciones. Así que no queríamos saber nada de los pordioseros, los vagabundos, los confinados en manicomios, los presos, los homosexuales, los chiflados y las mujeres perdidas. ¡Sí señor!, sólo nos dedicaríamos a los alcohólicos puros y respetables. Los de cualquier otra clase sin duda nos destruirían. Además, si aceptáramos a esa gente rara, ¿qué dirían de nosotros la buena gente? Construimos una cerca de malla muy fina alrededor de A.A.

"Puede que todo eso ahora parezca gracioso. Tal vez les cause la impresión de que nosotros los pioneros éramos bastante intolerantes. Pero les puedo asegurar que en ese entonces la situación no era nada cómica. Éramos severos e incluso rígidos porque creíamos que nuestras vidas y nuestros hogares estaban amenazados, y eso no era cosa de risa. ¿Intolerantes, dicen ustedes? Más bien, teníamos miedo. Naturalmente, empezamos a comportarnos cómo se comportan casi todos cuando tienen miedo. Al fin y al cabo, ¿no es el miedo la verdadera base de la intolerancia? Sí, éramos intolerantes".

¿Cómo hubiéramos podido adivinar en aquel entonces que todos esos temores resultarían ser infundados? ¿Cómo hubiéramos podido saber que miles de esas personas que a veces nos asustaban tanto iban a recuperarse de forma tan asombrosa y convertirse en nuestros más incansables trabajadores e íntimos amigos? ¿Quién hubiera creído que A.A. tendría un índice de divorcio muy inferior al promedio? ¿Cómo hubiéramos podido prever en aquel entonces que esas personas tan molestas llegarían a ser nuestros mejores maestros de paciencia y tolerancia? ¿Quién hubiera podido imaginar en aquella época una sociedad que incluyera todo tipo de personalidad concebible, y que atravesara todas las barreras de raza, religión, afiliación política e idioma sin ninguna dificultad?

¿Por qué A.A. acabó por abandonar todos sus reglamentos para hacerse miembro? ¿Por qué dejamos que cada recién llegado decidiera si era o no era alcohólico, y si debería o no debería unirse a nosotros? ¿Por qué nos atrevimos a decir, contrariamente a lo indicado por la experiencia de las sociedades y los gobiernos de todas partes del mundo, que no castigaríamos a nadie ni privaríamos a nadie de la posibilidad de hacerse miembro de A.A., que nunca deberíamos obligar a nadie a pagar nada, a creer en nada, ni a ajustarse a ninguna regla?

La respuesta, que ahora se ve en la Tercera Tradición, era la simplicidad misma. La experiencia por fin nos enseñó que quitarle en cualquier grado su oportunidad a cualquier alcohólico a veces equivalía a pronunciar su sentencia de muerte, y muy a menudo a condenarle a una vida de sufrimientos sin fin. ¿Quién se atrevería a ser juez, jurado y verdugo de su propio hermano enfermo?

A medida que los grupos se iban dando cuenta de esas posibilidades, iban abandonando todos los reglamentos para hacerse miembro. Las experiencias dramáticas que se fueron sucediendo una tras otra reforzaron esa determinación, hasta que se convirtió en nuestra tradición universal. He aquí dos ejemplos:

Corría el Año Dos del calendario de A.A. En aquella época no existían sino dos grupos de alcohólicos, sin nombre, que luchaban por subsistir, intentando seguir la luz que les alumbraba el camino.

Un principiante llegó a uno de estos grupos, llamó a la puerta y pidió que le dejaran entrar. Habló francamente con el miembro más antiguo del grupo. Pronto demostró que el suyo era un caso desesperado y que, sobre todo, quería recuperarse. "Pero", preguntó, "¿me permitirán unirme a su grupo? Ya que soy víctima de otro tipo de adición aún más estigmatiza que el alcoholismo, puede que no me quieran entre ustedes".

Aspe se presentó el dilema. ¿Qué debería hacer el grupo? El miembro más antiguo llamó a otros dos y en privado les expuso los hechos de este caso explosivo. Dijo: "¿Qué vamos a hacer? Si le cerramos la puerta a este hombre, no tardará en morir. Si le dejamos entrar, solo Dios sabe los problemas que nos pueda traer. ¿Cuál debe ser nuestra respuesta - sí o no?

Al principio, los ancianos sólo podían considerar los inconvenientes. Dijeron: "Sólo nos ocupamos de los alcohólicos. ¿No sería mejor sacrificar a un por el bien de todos los demás?". Así siguió la discusión mientras la suerte del recién llegado estaba pendiente de un hilo. Entonces, uno de los tres habló en tono muy diferente. "Lo que realmente tememos", dijo, "es el daño que esto pueda causar a nuestra reputación. Tenemos mucho más a lo que la gente diga de nosotros que a los problemas que este alcohólico extraño nos pueda ocasionar. Mientras estábamos hablando, cuatro palabras cortas se me iban cruzando por la mente. Algo me sigue repitiendo: '¿Qué haría el Maestro?'". No se dijo ni una palabra más. ¿Qué más se podría haber dicho?

Rebosante de alegría, el recién llegado se lanzó al trabajo de Paso Doce. Incansablemente expuso el mensaje de A.A. a veintenas de personas y, ya que este era uno de los grupos primitivos, esas veintenas se han convertido en millares. Nunca molestó a nadie con su otro problema. A.A. había dado su primer paso hacia la formación de la Tercera Tradición. Poco tiempo después de que se presentara este compañero con doble estigma, un vendedor a quien llamaremos Eduardo se unió al otro grupo de A.A. Era un promotor agresivo y tenía todo el descaro típico de un vendedor. A cada minuto se le ocurría por lo menos una idea para mejorar A.A. Vendía a sus compañeros de A.A. esas ideas con el mismo ardor con el que distribuía cera para automóviles. Pero tenía una idea que no era fácil de vender. Ed era ateo. Su mayor obsesión era que A.A. podría funcionar mejor sin "tantas necedades sobre Dios". Trataba de imponer sus ideas a todos, y todos suponían que pronto se emborracharía - porque en aquel entonces los A.A. tendían a ser bastante piadosos. Se creía que tal blasfemia merecería un fuerte castigo. Para su gran desconcierto, Ed seguía manteniéndose sobrio.

Con el tiempo le llegó el turno de hablar en una reunión. Nos pusimos a temblar, porque ya sabíamos lo que iba a venir. Empezó elogiando a la Comunidad; explicó cómo su familia se había vuelto a unir; ensalzó la virtud de la honradez; habló de las satisfacciones de hacer el trabajo de Paso Doce; y luego soltó la andanada. Ed gritó: "No puedo aguantar tantas tontería sobre Dios. Sólo son simplezas para la gente débil. Este grupo no lo necesita, y yo no me las tragaré. ¡Al diablo con ellas!"

Una gran ola de indignación inundó al grupo, llevando a todos a una resolución unánime: "¡Afuera con él!"

Los ancianos le llamaron aparte y le dijeron con firmeza: "Aquí no puedes hablar así. O lo dejas o te largas". Con gran sarcasmo, Ed les replico: "No me digan. ¿Tengo que marcharme?" Estiró el brazo y sacó de la estantería un manojo de papeles. Encima de ellos estaba el prólogo del libro "Alcohólicos Anónimos", que se estaba preparando en ese entonces. Leyó en voz alta: "El único requisito para ser miembro de A.A. es querer dejar de beber". Implacablemente, siguió hablando: "Cuando escribieron esta frase, ¿lo decían en serio, o no?

Con gran consternación, los ancianos se miraron, unos a otros, porque sabían que Ed les tenía atrapados. Así que Ed se quedó.

No solamente se quedó, sino que permaneció sobrio - mes tras mes. Cuando más tiempo pasaba sin beber, más fuerte hablaba - en contra de Dios. Tan profunda era la angustia del grupo que toda claridad fraternal desapareció. "¿Cuándo", se decían quejumbrosamente, unos a otros, "cuándo volverá a emborracharse este hombre?".

Bastante tiempo después, Ed consiguió un trabajo de vendedor que le obligaba a viajar fuera de la ciudad. Pasados unos cuantos días, llegaron las noticias. Había enviado un telegrama pidiendo dinero, y todos sabían lo que eso significaba. Luego llamó por teléfono. En aquella época, estábamos dispuestos a ir a cualquier parte para hacer un trabajo de Paso Doce, por poco prometedor que fuera el caso. Pero en esta ocasión, nadie se movió. "¡Que se quede solo! ¡Que lo pruebe él solo esta vez! Tal vez aprenda su lección".

Unas dos semanas más tarde, Ed entró a hurtadillas en la casa de un miembro de A.A. y, sin que la familia lo supiera, se acostó. A la mañana siguiente, mientras el dueño de la casa y un amigo estaban tomando café, se oyó un ruido en la escalera. Para su consternación, allí apareció Ed. Con una sonrisa extraña, les preguntó, "¿Ya han hecho ustedes su meditación matutina?" Pronto se dieron cuenta de que lo preguntaba muy en serio. Poco a poco les fue contando lo que le había ocurrido.

En un estado vecino, Ed se había instalado en un hotel barato. Después de ver rechazadas todas sus súplicas de ayuda, oró repetirse en su mente febril las siguientes palabras: "Me han abandonado. He sido abandonado por los míos. Este es el final - no me queda nada". Mientras daba vueltas y más vueltas en la cama, su mano tropezó con la mesita de noche y tocó un libro. Lo abrió y se puso a leer. Era la Biblia. Ed nunca dio más detalles de lo que vio y sintió en aquella habitación del hotel. Era el año 1938. Desde entonces no ha vuelto a tomarse un trago.

Hoy en día, cuando se reúnen los veteranos que conocen a Ed, exclaman: "¿Qué hubiera pasado si hubiéramos logrado expulsar a Ed por blasfemo? ¿Qué hubiera sido de él y de todos aquellos a quienes más tarde él ayudo?".

Así fue como, en los primeros tiempos, la mano de la Providencia no sindicó que cualquier alcohólico es miembro de nuestra Sociedad cuando él lo diga.

Cuarta Tradición

"Cada grupo debe ser autónomo, excepto en asuntos que afecten a otros grupos o a Alcohólicos Anónimos considerado como un todo".

Autonomía es una palabra bien altisonante. Pero en lo que se refiere a nosotros, solo quiere decir que cada grupo de A.A. puede llevar sus asuntos como mejor le convenga, excepto en los casos en que A.A. como un todo se vea amenazada. Ahora se nos presenta la misma pregunta que surgió en la Primera Tradición. ¿No es algo temerario y peligroso que los grupos tengan tanta libertad?

A lo largo de los años, se han probado todas las desviaciones imaginables de nuestros Doce Pasos y nuestras Doce Tradiciones. Era inevitable, dado que en general nosotros somos una banda de individualistas impulsados por ambiciones egoístas. Hijos del caos, de manera desafiadora hemos jugado con fuego repetidas veces, pero hemos salido ilesos y, según nos parece a nosotros, más sabios que antes. Esas mismas desviaciones constituyeron un vasto proceso de pruebas y tanteos, el cual, por la gracia de Dios, nos ha traído a donde nos encontramos hoy.

Cuando las Tradiciones de A.A. se publicaron por primera vez en 1945, habíamos llegado a estar convencidos de que un grupo de A.A. podía capear cualquier temporal. Nos dimos cuenta de que el grupo, al igual que el individuo, tendría finalmente que adherirse a los principios y aprobados que garanticen su supervivencia. Habíamos descubierto que en este proceso de pruebas y tanteos había perfecta seguridad. Tanta confianza teníamos n este principio que en el enunciado original de esta tradición de A.A. aparecía la siguiente frase significativa: "Cuandoquiera que dos o tres alcohólicos se reúnan en interés de la sobriedad, podrán llamarse un grupo de A.A., con tal de que como grupo no tengan otra afiliación".

Claramente, esto significaba que se nos había otorgado el valor de reconocer a cada grupo de A.A. como una entidad individual, exclusivamente dependiente de su propia conciencia para guiar sus acciones. Al trazar nuestro rumbo por esa vasta extensión de libertad, solo fue necesario indicar dos escollos a salvar: Un grupo de A.A. no debe hacer nada que pudiera causar grandes perjuicios a A.A. como un todo, ni debe afiliarse con nada ni con nadie. Correríamos un verdadero peligro si empezáramos a llamar a algunos grupos "mojados", y a otros "secos", a unos "Republicanos" o "Comunistas" y a otros "Católicos" o "Protestantes". Si el grupo de A.A. no mantuviera su rumbo, se perdería irremisiblemente. Su único objetivo tenía que ser la sobriedad. En todos los demás aspectos, tenía una completa libertad para decidir y actuar: Cada grupo tenía el derecho a equivocarse.

Cuando A.A. se hallaba aún en su infancia, comenzaron a formarse muchos grupos muy entusiastas. En cierto pueblo, surgió un grupo especialmente enérgico. La gente del pueblo también estaba entusiasmada por el asunto. Los ancianos, dejándose llevar por su fantasía, soñaban con ambiciosas innovaciones. Les parecía que al pueblo le hacía falta un gran centro de alcoholismo, una especie de proyecto piloto que sirviera de modelo a los A.A. de todas partes. En la planta baja tendrían un club, en el primer piso se desintoxicaría a los borrachos y se les daría dinero para pagar sus deudas atrasadas; el tercer piso estaría dedicado a un centro educativo - ajeno a toda clase de controversias, por supuesto. En sus fantasías, el resplandeciente edificio tendría varias plantas más, pero para empezar, tres serían suficientes. Todo esto supondría gasta mucho dinero - dinero de otras personas. Por mucho que cueste creerlo, a la gente rica del pueblo les pareció una idea fabulosa.

No obstante, entre los alcohólicos había unos cuantos disidentes conservadores. Estos disidentes escribieron a la Fundación (En 1954, se cambió el nombre de la Fundación Alcohólica al de la General Service Board of Alcoholics Anonymous, y la oficina de la Fundación es ahora la Oficina de Servicios Generales), la sede de A.A. en Nueva York, para saber si les parecía aconsejable este tipo de innovaciones. Se habían enterado de que los ancianos, para remachar las cosas, estaban a punto de solicitar a la Fundación que les concedieran una carta constitutiva. Estos pocos disidentes se sentían desconcertados y escépticos.

Naturalmente, no faltó un promotor en este asunto - un superpromotor. Con su elocuencia, apaciguó todos los temores, a pesar del consejo de la Fundación de que no podría conceder tal carta constitucional, y de que todas las empresas que en el pasado habían mezclado un grupo de A.A. con la medicina y la educación habían acabado mal en otros lugares. Para reducir los riesgos, el promotor organizó tres corporaciones y se hizo presidente de todas ellas. Recién pintado, el nuevo centro resplandecía. Su caluroso ambiente se difundió rápidamente por todo el pueblo. Muy pronto todo empezó a funcionar a las mil maravillas. Para asegurar un funcionamiento continuo e infalible, se adoptaron 61 reglar y reglamentos.

No obstante, esta brillante perspectiva no tardó en ensombrecerse. La confusión reemplazó a la serenidad. Se descubrió que algunos borrachos ansiaban educarse, pero dudaban de que fueran alcohólicos. Tal vez los defectos de personalidad de algunos otros se podrían curar con un préstamo. A algunos les entusiasmaba la idea del club, pero para ellos era cuestión de remediar sus carencias afectivas. A veces, la multitud de candidatos pasaban por los tres pisos. Algunos empezaban arriba e iban bajando hasta la planta baja para convertiste en miembros del club; otros empezaban en el club y, después de pescarse una borrachera, ingresaban en la planta de desintoxicación y luego ascendían al tercer piso para educarse. En cuanto a actividad, era como una colmena; pero a diferencia de la actividad de una colmena, todo era confusión. Un grupo de A.A., como tal, era sencillamente incapaz de encargarse de semejante proyecto. Esto se descubrió demasiado tarde. Entonces se produjo la inevitable explosión - como el día en que estalló la caldera de la fábrica de fuegos artificiales. El grupo se vio envuelto en una fría y opresiva nube de miedo y frustración.

Cuando se disipó, algo maravilloso había ocurrido. El promotor principal escribió una carta a la oficina de la Fundación, diciendo que ojalá hubiera prestado más atención a la experiencia de A.A. Luego hizo lo que llegaría a convertirse en algo clásico de A.A. Todo cabría en una tarjeta tamaño postal. En la cubierta decía: "Primer Grupo de Villanueva: Regla #62". Al desdoblar la tarjeta una sola frase mordaz saltaba a la vista: "No te tomes tan en serio, hombre".

De esta manera, un grupo de A.A., bajo el amparo de la Cuarta Tradición, había ejercido su derecho a equivocarse. Además, había prestado un gran servicio a Alcohólicos Anónimos, por haber estado humildemente dispuesto a aplicar las lecciones que había aprendido. Había logrado sobreponerse con buen humor para seguir dedicándose a mejores cosas. Incluso el arquitecto principal, rodeado por las ruinas de su sueño, no pudo evitar reírse de sí mismo - y esto el colmo de la humanidad.

Quinta Tradición

"Cada grupo tiene un solo objetivo primordial, llevar el mensaje al alcohólico que aún está sufriendo".

"¡Zapatero a tus zapatos!"……….más vale que hagas una cosa perfectamente bien que muchas mal hechas. Este es el tema central de esta tradición, el punto alrededor del cual toda nuestra Sociedad se congrega en unidad. La vida misma de nuestra Comunidad depende de la conservación de este principio.

Alcohólicos Anónimos se puede comparar a un grupo de médicos que tienen la posibilidad de encontrar una cura para el cáncer y de cuyos esfuerzos concentrados dependería el remedio para los que sufren de esta enfermedad. Claro está que cada uno de los médicos de este grupo puede ser especialista además en otra rama de la medicina. De vez en cuando cada uno de los médicos en cuestión preferiría poder dedicarse a su propia especialidad en lugar de trabajar exclusivamente con el grupo. Pero una vez que hayan atinado con una curación, una vez que se ponga claramente de manifiesto que ésta solo puede convertirse en realidad si ellos acuerdan aunar sus esfuerzos, entonces todos ellos se sentirían obligados a dedicarse exclusivamente al alivio de las víctimas del cáncer. En el resplandor de tal descubrimiento milagroso, cualquier médico pondría a un lado sus otras ambiciones, sea cual fuere el sacrificio personal que pueda suponer.

Los miembros de Alcohólicos Anónimos, que han demostrado que pueden ayudar a los bebedores problema como otros raramente pueden hacerlo, se ven en la misma obligación de trabajar juntos. La capacidad única de cada miembro de A.A. para identificarse con el principiante y conducirle hacia la recuperación no depende en absoluto de su cultura, su elocuencia ni de cualquier otra pericia particular. Lo único que cuenta es que él es un alcohólico que ha encontrado la clave de la sobriedad. Estos legados de sufrimiento y de recuperación se pasan fácilmente entre los alcohólicos, de uno a otro. Esto es nuestro don de Dios, y regalarlo a otros como nosotros es el único objetivo que hoy en día anima a los A.A. en todas partes del mundo.

Hay otro motivo para esta unicidad de propósito. La gran paradoja de A.A. es que sabemos que raras veces podemos conservar el preciosos don de la sobriedad a menos que lo pasemos a otros. A un grupo de médicos que haya encontrado una cura para el cáncer, puede que les remordiera la conciencia si fracasaran en su misión por interés egoístas. No obstante, tal fracaso no pondría en peligro su propia supervivencia. En nuestro caso, si descuidamos a los que todavía sufren, nuestras vidas y nuestro sano juicio se ven grave e incesantemente amenazados. Dado que nos encontramos sujetos a estos impulsos del instinto de conservación, de la responsabilidad y del amor, no es de extrañar que nuestra Sociedad haya llegado a la conclusión de que tiene una sola y alta misión - la de llevar el mensaje de A.A. a aquellos que no saben que hay una salida.

Para hacer resaltar la sabiduría de la unicidad de propósitos de A.A., un miembro cuenta la siguiente historia:

"Sintiéndome inquieto un día, me pareció que sería conveniente hacer algún trabajo de Paso Doce para tener así una especie de seguro contra una recaída. Pero primero tendría que encontrar un borracho con quien trabajar.

"Tomé el subterráneo hasta el Hospital Towns y allí pregunté al Dr. Silkworth si tenía un posible candidato para mí. 'Nada muy prometedor', me dijo el pequeño doctor: 'Solo hay un tipo en el tercer piso que tal vez sea una posibilidad. Pero es un irlandés muy rudo. Nunca he visto a nadie tan terco. Insiste a gritos que si su socio le tratara mejor y si su mujer le dejara en paz, muy pronto resolvería su problema con el alcohol. Ha sufrido un grave ataque de delirium tremens, tiene la mente bastante nublada, y desconfía de todo el mundo. No es un caso muy alentador. Pero puede que trabajar con él te sirve a ti de algo, así que ¿por qué no lo intentas?

"Enseguida me encontré sentado al lado de un hombre muy corpulento. Sin la menor amabilidad, me mira fijamente con ojos que parecían ranuras en su cara roja e hinchada. No tuve más remedio que coincidir con la opinión del médico - desde luego, no parecía un caso muy alentador. No obstante, le conté mi historia. Le expliqué lo maravillosa que era la Comunidad que teníamos, lo bien que nos entendíamos unos a otros. Le recalqué con insistencia la desesperación del dilema del borracho. Insistí en que muy pocos borrachos podían recuperarse por sus propias fuerzas, pero que en nuestros grupos podíamos hacer juntos lo que no podíamos hacer por separado. Me interrumpió para burlarse de esto y me dijo que él solo podía arreglárselas con su mujer, con su socio y con su alcoholismo. Me preguntó en tono sarcástico, '¿Cuánto cuesta todo este enredo?'.

- "Me agradó mucho poder decirle, 'Ni un centavo'.

- "Entonces me preguntó, 'Tú, ¿qué sacas de esto?'.

- "Naturalmente mi respuesta fue, 'Mi propia sobriedad, y una vida bien feliz'.

"Todavía dudoso, insistió: '¿De verdad quieres decir que tu único motivo para estar aquí es tratar de ayudarme a mí y ayudarte a ti mismo?'.

-“Sí,' le dije. 'Eso es todo lo que hay. No hay gato encerrado'.

"Entonces, con alguna vacilación, me aventuré a hablar del aspecto espiritual del programa. ¡La que me armó! Apenas me había salido de la boca la palabra 'espiritual', se me echó encima: '¡Ahora caigo! Estás haciendo proselitismo para una de esas malditas sectas religiosas. ¿Cómo puedes decirme que no hay gato encerrado? Soy miembro de una gran religión que lo es todo para mí. ¿Cómo te atreves a venir aquí a hablarme de religión?'.

"Gracias a Dios se me ocurrió la respuesta apropiada. Estaba basada firmemente en el único objetivo de A.A. 'Tienes fe', le dije. 'Tal vez una fe más profunda que la mía. Sin duda tienes mejor formación en asuntos religiosos que yo. Así que no puedo decirte nada acerca de la religión. Ni siquiera quiero intentarlo. Además, estoy seguro de que podrías definirme la palabra humildad a la perfección. Pero por lo que me has dicho acerca de ti y de tus problemas y cómo te propones solucionarlos, creo que sé lo que anda mal'.

- 'Muy bien', me dijo, 'dime lo que hay".

- 'Bueno', le dije, 'creo que no eres más que un irlandés engreído que se cree capaz de dirigirlo todo'.

"Esto sí que le sentó como un tiro. Pero a medida que se iba calmando, se puso a escuchar mientras yo estaba de explicarle que la humildad era la clave principal de la sobriedad. Por fin se dio cuenta de que yo no estaba tratando de cambiar sus opiniones religiosas, que yo quería que encontrara en su propia religión la gracia que le ayudara a recuperarse. De allí en adelante, nos empezamos a llevar muy bien.

'Imagínate', dice el veterano, 'lo que habría pasado si yo hubiera estado obligado a hablarle de asunto religiosos. O si hubiera tenido que decirle que a A.A. le hacía falta mucho dinero; que A.A. estaba metido en la educación, en los hospitales y en la rehabilitación. O si yo me hubiera ofrecido para echarle una mano para resolver sus asuntos domésticos y de negocios. ¿A dónde habríamos llegado? A ningún sitio, naturalmente".

Años más tarde, a este rudo irlandés le gustaba decir, "Mi padrino me vendió una sola idea, la sobriedad. En aquel momento, no podría haber comprado ninguna otra cosa".

Sexta Tradición

"Un grupo de A.A. nunca debe respaldar, financiar o presentar el nombre de A.A. a ninguna entidad allegada o empresa ajena, para evitar que los problemas de dinero, propiedad y prestigio nos desvíen de nuestro objetivo primordial".

En cuanto nos dimos cuenta de que teníamos una solución para el alcoholismo, era muy razonable (o así nos parecía en aquel entonces) que creyéramos que tal vez teníamos la solución para otros muchos problemas. Muchos opinaban que los grupos de A.A. podían dedicarse a los negocios, podían financiar cualquier empresa en el campo global del alcoholismo. De hecho, nos sentíamos obligados a respaldar cualquier causa meritoria con toda la influencia que pudiera tener el nombre de A.A.

He aquí algunas de las cosas que soñábamos: Ya que los alcohólicos no tenían muy buena acogida en los hospitales, construiríamos nuestra propia cadena de hospitales. Ya que a la gente le hacía falta que se le enseñara lo que era el alcoholismo, educaríamos al público, e incluso volveríamos a redactar los libros de textos escolares y médicos. Íbamos a recoger a los alcohólicos desahuciados de los barrios bajos, seleccionar a aquellos que pudieran recuperarse y poner a los demás en una especie de cuarentena donde pudieran ganarse la vida. Tal vez estos lugares podrían producir grandes cantidades de dinero que pudiéramos utilizar para realizar otras buenas obras. Pensamos seriamente en redactar de nuevo las luyes del país y hacer que se reconociera a los alcohólicos como enfermos. Ya no se les encarcelaría; los jueces los pondrían en libertad condicional bajo nuestra custodia. Llevaríamos la luz de A.A. a las regiones oscuras de la drogadicción y de la criminalidad. Formaríamos grupos de gente deprimida y paranoica; cuanto más profunda fuera la neurosis, tanto mejor. Era evidente que, si se podía vencer el alcoholismo, se podría superar cualquier otro tipo de problema.

Se nos ocurrió que podríamos llevar lo que teníamos a las fábricas y hacer que los obreros y los capitalistas se amaran los unos a los otros. Nuestra absoluta honradez pronto purificaría la política. Abrazados por un lado a la religión y a la medicina por otro, reconciliaríamos sus diferencias. Ya que habíamos aprendido a vivir con tanta felicidad, podríamos enseñar a todos los demás a hacer lo mismo. Nuestra Sociedad de Alcohólicos Anónimos podría llegar a ser la vanguardia de una nueva avanzada espiritual. Podríamos transformar el mundo.

Sí, nosotros los A.A. teníamos estos sueños. Era natural que los tuviéramos, puesto que la mayoría de los alcohólicos somos idealistas en bancarrota. Casi todos nosotros habíamos tenido el deseo de hacer grandes bienes, realizar grandes obras, y encarnar grandes ideales. Todos somos perfeccionistas que, al no alcanzar la perfección, nos hemos ido al otro extremo y nos hemos conformado con la botella y el olvido. La Providencia, por medio de A.A., había puesto a nuestro alcance nuestras más altas esperanzas. ¿Por qué no compartir nuestra manera de vivir con todo el mundo?

Por lo tanto tratamos de establecer hospitales de A.A. - todos fracasaron porque no se puede hacer que un grupo de A.A. se dedicara a los negocios; demasiados cocineros entrometidos estropean el caldo. Los grupos de A.A. hicieron sus incursiones en el campo de la educación, y cuando empezaron a ensalzar públicamente los méritos de un método u otro, la gente se quedó con ideas muy confusas. ¿Se dedicaba A.A. a enderezar a los borrachos, o era un proyecto educativo? ¿Se interesaba A.A. en lo espiritual, o en la medicina? ¿Era un movimiento reformista? Para nuestra consternación, nos vimos casados con todo tipo de empresas, algunas buenas y otras no tan buenas. Al ver a los alcohólicos enviados de forma arbitraria a las prisiones o los manicomios, empezamos a gritar; "debería haber una ley". Los A.A. se pusieron a clamar en las sesiones de los comités legislativos, haciendo una campaña en favor de reformar las leyes. Sirvió como buen material para la prensa, pero para poco más. Nos dimos cuenta de que muy pronto nos veríamos enmarañados en la política. Aun dentro de A.A. nos resultó imperativo eliminar el nombre de A.A. de los clubes y de las casas de Paso Doce.

A raíz de estos episodios nació en nosotros la profunda convicción de que, bajo ningún concepto, podíamos respaldar a ninguna empresa allegada, por muy buena que fuese. Nosotros los Alcohólicos Anónimos no podíamos serlo todo para todos, ni debíamos tratar de serlo.

Hace años, este principio de "no respaldo" se vio sometido a una prueba crucial. Algunas de las grandes destilerías de alcohol tuvieron la intención de meterse en el campo de educación sobre el alcohol. Creían que sería una buena cosa que los fabricantes de licor demostraran al público su sentido de responsabilidad. Querían decir que no se debía abusar del licor, sino disfrutarlo; la gente muy bebedora debería moderarse, y los bebedores problema - los alcohólicos - no deberían beber en absoluto.

En una de sus asociaciones comerciales, se planteó la cuestión de cómo se debería proceder con esta campaña. Naturalmente, iban a valerse de la radio, la prensa y el cine para exponer sus puntos de vista. Pero ¿qué tipo de persona debe dirigir esa campaña? Inmediatamente pensaron en Alcohólicos Anónimos. Si pudieran encontrar entre nosotros a un buen agente de relaciones públicas, ¿no sería él la persona ideal? Sin duda conocería el problema. Su conexión con A.A. sería muy valiosa, porque la Comunidad era muy bien vista por el público y no tenía ni un solo enemigo en el mundo.

No tardaron en encontrar al hombre idóneo, un A.A. con la experiencia necesaria. Enseguida él se presentó en la sede de A.A. en Nueva York a preguntar, "¿Hay algo en nuestra tradición que sugiera que no debo aceptar un trabajo como éste? Esta clase de educación me parece buena, y no es un asunto muy controversial. ¿Les parece a ustedes que puede haber alguna paga?".

A primera vista, parecía una buena cosa. Luego empezaron a insinuarse las dudas. La asociación quería emplear el nombre completo de nuestro miembro en toda su publicidad; iban a describirlo como director de publicidad de la campaña y como miembro de Alcohólicos Anónimos. Naturalmente, no podría haber la menor objeción si una asociación contratara a un miembro de A.A. únicamente por su talento en las relaciones públicas y sus conocimientos sobre el alcoholismo. Pero eso no era todo, porque en este caso un miembro de A.A. no solamente iba a romper su anonimato a nivel público, sino que también iba a vincular en las mentes de millones de personas el nombre Alcohólicos Anónimos con este proyecto educativo. Habría de causar le impresión de que ahora A.A. estaba respaldando la educación - al estilo de la asociación de los comerciantes de licores.

En cuanto vimos lo que realmente significaba este hecho comprometedor, le pedimos su parecer al candidato a director de publicidad. "¡Caramba!", dijo. "Claro que no puedo aceptar el puesto. Antes de que se secara la tinta del primer anuncio, los partidarios de la prohibición estarían expresando a gritos su indignación. Saldrían a buscar a un A.A. honrado que abogara por su estilo de educación. A.A. se encontraría justo en medio de la controversia entre los secos y los mojados. La mitad de la gente del país creería que habríamos tomado partido por los secos, y la otra mitad que nos habríamos unido a los mojados. ¡Menudo lío!".

"No obstante", le dijimos, "tienes el derecho legal de aceptar este trabajo".

"Ya lo sé", contestó. "Pero no es hora de fijarnos en legalidades. Alcohólicos Anónimos me salvó la vida, y su bienestar tiene para mí la prioridad. No seré yo quien vaya a meter A.A. en un gran problema, y si aceptara, lo haría".

En lo concerniente a los respaldos, nuestro amigo lo ha dicho todo. Con mayor claridad que nunca, nos dimos cuenta de que no podríamos prestar el nombre de A.A. a ninguna causa que no fuera la nuestra.

Séptima Tradición

"Cada grupo de A.A. debe mantenerse completamente a sí mismo, negándose a recibir contribuciones de afuera".

 

¿Alcohólicos que se mantienen a sí mismos? ¿Quién ha oído hablar nunca de semejante cosa? No obstante, nos damos cuenta de que así tenemos que ser. Este principio es una prueba contundente de la profunda transformación que A.A. ha obrado en todos nosotros. Todo el mundo sabe que los alcohólicos activos insisten a gritos que no tienen ningún problema que el dinero no pueda solucionar. Siempre hemos andado con la mano extendida. Desde tiempo inmemorial, hemos dependido de alguien, normalmente en cuestiones de dinero. Cuando una sociedad compuesta exclusivamente de alcohólicos dice que va a pagar todos sus gastos, eso sí que es una verdadera noticia.

Quizás ninguna de las Tradiciones de A.A. causara tanto dolor de parto como ésta. En los primeros días, todos estábamos sin fondos. Si a esto se le añade la habitual suposición de que la gente debe dar dinero a los alcohólicos que se esfuerzan por mantenerse sobrios, se puede entender por qué creíamos merecer un montón de billetes. ¡La de cosas tan magníficas que pudiera hacer A.A. con todo este dinero! Pero, por curioso que parezca, la gente que tenía dinero pensaba lo contrario. Les parecía que ya era hora de que nosotros - ahora que estábamos sobrios - pagásemos nuestras propias cuentas. Así que nuestra Comunidad se quedó pobre porque así tenía que ser.

Había otra razón para nuestra pobreza colectiva. No tardó en hacerse evidente que si bien los alcohólicos gastaban dinero pródigamente en casos de Paso Doce, tenían una tremenda aversión a echar dinero en el sombrero que se pasaba en las reuniones para sufragar los gastos de grupos. Nos sorprendió descubrir lo tacaños que éramos. Así que A.A., el movimiento, empezó y permaneció pobre, mientras que los miembros individuales se hicieron cada vez más prósperos.

Lo cierto es que los alcohólicos son gente de todo-o-nada. Nuestra reacción en cuanto al dinero parece demostrarlo. A medida que A.A. pasaba de la infancia a la adolescencia, fuimos abandonando la idea de que necesitábamos grandes sumas de dinero y llegamos al otro extremo, diciendo que a A.A. no le hacía falta el dinero en absoluto. De todas las bocas salían estas palabras: "A.A. y el dinero no puede mezclarse. Tendremos que separar lo espiritual de lo material". Cambiamos de rumbo tan bruscamente porque por aquí y por allá algunos miembros habían tratado de valerse de sus conexiones A.A. para ganar dinero, y temíamos que fueran a aprovecharse de nosotros. En ocasiones, algunos benefactores agradecidos nos habían dotado con un local para un club y, como consecuencia, a veces había interferencia ajena en nuestros asuntos. Se nos donó un hospital y casi inmediatamente, el hijo del donante se presentó como su principal paciente y aspirante a gerente. A un grupo de A.A. se le entregó cinco mil dólares para hacer con este dinero lo que quisiera. Las peleas que provocó este dinero siguieron haciendo estragos en el grupo durante años. Asustados por estas complicaciones, algunos grupos se negaron a tener ni un centavo en sus arcas.

Pese a tales inquietudes, tuvimos que reconocer el hecho de que A.A. tenía que funcionar. Los locales para reuniones nos costaban algo. Para evitar la confusión en regiones enteras, era necesario establecer pequeñas oficinas, instalar teléfonos y contratar a algunas secretarias a sueldo. A pesar de las muchas protestas, se logró hacer estas cosas. Nos dimos cuenta de que si no se hicieran, el nuevo que llegaba a nuestras puertas no tendría su oportunidad de recuperase. Prestar estos sencillos servicios supondría incurrir en algunos pequeños gastos, que podríamos pagar nosotros mismos, y así lo haríamos. Por fin el péndulo dejó de oscilar y señaló directamente a la Séptima Tradición tal y como la conocemos hoy día.

A este respecto, a Bill le gusta contar la siguiente historia, que tiene su moraleja. Dice que cuando en 1941 apareció en el Saturday Evening Post el artículo de Jack Alexander, miles de angustiosas cartas de alcohólicos y familiares desesperados llegaron al buzón de la Fundación en Nueva York. "El personal de nuestra oficina", cuenta Bill, "estaba compuesto por dos personas: una secretaria dedicada y yo. ¿Cómo íbamos a responder a esta avalancha de solicitudes? Sin duda, tendríamos que contratar a más empleados a sueldo. Así que pedimos contribuciones voluntarias a los grupos de A.A. ¿Nos enviarían un dólar por miembro al año? Si no, estas cartas conmovedoras tendrían que quedarse sin respuesta.

"Para mi asombro, los grupos tardaron en responder. Me puse bien airado. Un día, al contemplar este montón de cartas, andaba yendo y viniendo por la oficina, quejándome de lo irresponsables y tacaños que eran mis compañeros. En ese mismo momento, vi asomarse por la puerta la cabeza desgreñada y dolorida de un viejo conocido. Era nuestro campeón de recaídas. Podía notar que tenía una tremenda resaca. Al recordar algunas de las mías, se me llenó el corazón de compasión. Le señalé que pasara a mi cubículo y saqué un billete de cinco dólares. Como mis ingresos semanales eran de treinta dólares en total, éste era un donativo considerable. A Lois le hacía falta el dinero para comprar comida, pero eso no me detuvo. El profundo alivio que se reflejó en la cara de mi amigo me alegró el corazón. Me sentía especialmente virtuoso al pensar en todos los ex borrachos que ni siquiera nos mandaban un dólar cada uno a la Fundación, mientras yo gustosamente estaba haciendo una inversión de cinco dólares para remediar una resaca.

"La reunión de esa noche se celebró en el viejo Club de la calle 24 de Nueva York. Durante el intermedio, el tesorero dio una tímida charla acerca del penoso estado de las finanzas del club. (Esto era en la época en que no se podía mezclar el dinero y A.A.). Pero finalmente lo soltó - el casero nos pondría en la valle si no pagábamos. Terminó sus observaciones diciendo, 'Bueno, muchachos, cuando se pase el sombrero esta noche, por favor, sean un poco más generosos'.

"Oí claramente sus palabras, mientras con todo fervor trataba de convertir a un recién llegado sentado a lado mío. El sombrero llegó a donde yo me encontraba, y metí la mano en el bolsillo. Mientras seguía hablando con el nuevo, me rebuscaba el bolsillo y saqué una moneda de cincuenta centavos. Por alguna razón, me pareció una moneda muy grande. Sin vacilar, la volví a meter en el bolsillo y saqué una de diez centavos y tintineó tímidamente al caer en el sombrero. En aquel entonces, nunca se echaban billetes en el sombrero.

"Entonces se me abrieron los ojos. Yo, que esa misma mañana, me había jactado de mi generosidad, me estaba portando con mi propio club peor que los lejanos alcohólicos que se habían olvidado de enviar sus dólares a la Fundación. Me di cuenta de que mi donativo de cinco dólares al campeón de recaídas no era sino una cuestión de engordar mi propio ego, malo para él y peor para mí. Había un lugar en A.A. donde la espiritualidad y el dinero sí podían mezclarse: en el sombrero".

Hay otra historia que trata del dinero. Una noche de 1948, los custodios de la Fundación estaban celebrando su reunión trimestral. En la agenda se incluía un asunto muy importante para discutir. Cierta dama había fallecido. Al dar lectura a su testamento, se descubrió que había dejado a Alcohólicos Anónimos, con la Fundación Alcohólico como fiduciario, un legado de diez mil dólares. La cuestión era: ¿Debería A.A. aceptar tal regalo?

¡Vaya debate que se armó! En ese momento la Fundación se encontraba muy mal de dinero; los grupos no mandaban lo suficiente para el mantenimiento de la oficina; incluso añadiendo los ingresos producidos por el libro, no alcanzábamos a cubrir los gastos. Las reservas se estaban derritiendo como la nieve en primavera. Necesitábamos esos diez mil dólares. "Puede ser", dijo alguien, "que los grupos nunca lleguen a mantener completamente a la oficina. No podemos permitir que se cierre; es de una importancia crucial. Sí, aceptamos el dinero. Aceptemos todos los futuros donativos. Vamos a necesitarlos".

Entonces se expresó la oposición. Señalaron que la junta de la Fundación ya sabía de un total de medio millón de dólares legados a A.A. en los testamentos de personas que estaban todavía vivas. Solo Dios sabría cuánto más dinero se nos habría legado y del que aún no nos habíamos enterado. Si no nos negábamos a aceptar, absoluta y firmemente, las donaciones ajenas, un día la Fundación llegaría a ser rica. Además, a la menor insinuación al público por parte de nuestros custodios de que necesitábamos dinero, nos haríamos inmensamente ricos. Comparados con esa perspectiva, los diez mil dólares bajo consideración eran cosa de poco; no obstante, al igual que el primer trago de un alcohólico, si lo tomábamos, provocaría inevitablemente una desastrosa reacción en cadena. ¿Y dónde acabaríamos entonces? El que paga, manda, y si la Fundación Alcohólica obtuviera dinero de fuentes ajenas, sus custodios podrían verse tentados a llevar nuestros asuntos sin tener en cuenta los deseos de A.A. como un todo. Librado de esta responsabilidad, cada alcohólico se encogería de hombros y diría, "La Fundación es rica - ¿por qué voy a molestarme?". Con toda seguridad, la presión de tener unas arcas tan repletas tentaría a la junta a idear todo tipo de proyectos para efectuar buenas obras, y así desviaría a A.A. de su objetivo primordial. En cuanto ocurriera esto, la confianza de la Comunidad se vería mermada. La junta se encontraría aislada, y sometida a la dura crítica por parte de A.A. y del público en general. Estas eran las posibilidades, en pro y en contra.

Entonces, nuestros custodios escribieron una página brillante en la historia de A.A. Se manifestaron en favor del principio de que A.A. debe permanecer siempre pobre. De allí en adelante, la política financiera de la Fundación sería tener lo justo para cubrir los gastos de operación más una reserva prudente. Aunque era difícil hacerlo, la junta oficialmente se negó a aceptar los diez mil dólares y adoptó formalmente la resolución irrebatible de negarse a aceptar todo donativo similar en el futuro. En ese momento, creemos, quedó firme y definitivamente incrustado en la tradición de A.A. el principio de pobreza corporativa.

Cuando se publicaron estos hechos, hubo una reacción profunda. A la gente acostumbrada a un sinfín de campañas para recaudar fondos con propósitos caritativos, A.A. les presentaba un espectáculo curioso y renovador. Los editoriales favorables que aparecieron en la prensa aquí y en ultramar generaron una ola de confianza en la integridad de Alcohólicos Anónimos. Hicieron notar que los irresponsables se habían convertido en responsables y que al incorporar el principio de independencia financiera como parte de su tradición, Alcohólicos Anónimos había resucitado un ideal ya casi olvidado en su época.

Octava Tradición

"Alcohólicos Anónimos A.A. nunca tendrá carácter profesional, pero nuestros centros de servicio pueden emplear trabajadores especiales".

Alcohólicos Anónimos nunca tendrá una clase profesional. Hemos llegado a captar el significado del antiguo dicho "Libremente hemos recibido, libremente debemos dar". Nos hemos dado cuenta de que en lo referente al profesionalismo, el dinero y la espiritualidad no se pueden mezclar. Los mejores profesionales del mundo, tanto en el campo de la medicina como en el de la religión, no han logrado efectuar casi ninguna recuperación del alcoholismo. No desacreditamos el profesionalismo en otros campos, pero aceptamos el hecho real de que en nuestro caso no da resultados. Cada vez que hemos tratado de profesionalizar nuestro Paso Doce, el resultado ha sido siempre el mismo: Nuestro único propósito ha salid derrotado.

Los alcohólicos simplemente no harán caso de un trabajador de Paso Doce a sueldo. Casi desde el principio, hemos estado convencidos de que el trabajo personal con otro alcohólico que sufre sólo puede basarse en el deseo de ayudar y de ser ayudado. Cuando un A.A. habla por dinero, ya sea en una reunión o a recién llegado, también puede tener en él un efecto perjudicial. El aliciente del dinero le compromete a él y a todo lo que diga y haga por el principiante. Esto ha sido siempre tan evidente que muy pocos A.A. han hecho alguna vez un trabajo de Paso Doce a cambio de una remuneración.

A pesar de esta evidencia, es cierto que pocos temas han suscitado más disputas dentro de nuestra Comunidad que el del profesionalismo. Los encargados de barrer el piso, los cocineros que preparan hamburguesas, las secretarias de las oficinas, los escritores de libros - todos ellos han sido objeto de fuertes ataques porque, según sus críticos, "estaban haciendo dinero a costa de A.A.". Sin tener en cuenta que éstos no eran en absoluto trabajos de Paso Doce, los críticos acusaban de ser profesionales de A.A. a estos trabajadores nuestros, quienes muy a menudo se ocupaban de las tareas ingratas que nadie más quería o podía hacer. Se provocó un furor aún más grande cuando los miembros de A.A. empezaron a dirigir casas de reposo y granjas de convalecencia para los alcohólicos, cuando algunos aceptaron puesto asalariados en la industria como directores de personal, encargados del problema del alcoholismo entre los empleados, y otros como enfermeros en los pabellones de alcoholismo, y cuando otros más se dedicaron al campo de educación sobre el alcoholismo. En todos estos casos, y otros muchos, se alegaba que se estaban vendiendo por dinero la experiencia y los conocimientos de A.A. y por lo tanto, estas personas también eran profesionales.

No obstante, por fin podía verse una clara línea divisoria entre el profesionalismo y el no profesionalismo. Cuando convinimos en que no se podía hacer el trabajo de Paso Doce a cambio de dinero, tomamos una sabia decisión. Pero a trabajadores especiales, ningún miembro podía llevar nuestros conocimientos a otros campos, estábamos aceptando el consejo del temor, un temor que, hoy en día, se ha disipado en gran parte ante la luz de la experiencia.

Consideremos, por ejemplo, el caso del conserje y del cocinero del club. Para poder funcionar, un club tiene que ser habitable y hospitalario. Intentamos utilizar voluntarios, pero pronto se sintieron desencantados al verse barriendo sueldos y haciendo café siete días a la semana. Simplemente dejaron de presentarse. Aún más importante, un club vació no podía contestar el teléfono, y era una invitación abierta para un borracho de parranda que tuviera la lleve. Así que había que contratar a alguien que cuidara el local. Si contratáramos a un alcohólico, recibiría un pago igual al que tuviéramos que dar a un no alcohólico por el mismo trabajo. El puesto no era para hacer el trabajo de Paso Doce, sino para facilitar que el trabajo de Paso Doce se hiciera. No era sino una simple cuestión de servicios especiales.

Tampoco A.A. podría funcionar sin trabajadores especiales a sueldo. En las oficinas de la Fundación * y de los intergrupos, no podíamos emplear a personas no alcohólicas para trabajar como secretarias; necesitábamos personas que conocieran bien el programa de A.A. Pero en cuanto los contratamos, los ultraconservadores y los temerosos gritaron, "¡Profesionalismo!" En una época, la situación de estos fieles servidores era casi insoportable. No se les pedía hablar en las reuniones de A.A., porque "estaban haciendo dinero a costa de A.A." A veces, sus compañeros incluso evitaban su compañía. Aun los más caritativos los describían como un "mal necesario". Los comités se aprovecharon de lleno de esta actitud para reducir sus salarios. Podían recuperar parte de su virtud, se creía, si trabajaban para A.A. por un sueldo miserable. Durante muchos años, estas ideas persistían. Entonces, nos dimos cuenta de que una secretaria muy trabajadora que contestaba al teléfono docenas de veces al día, que escuchaba a veinte esposas lloronas, que tomaba disposiciones para hospitalizar a diez principiantes y para conseguirles padrinos, y que trataba de manera muy diplomática al borracho iracundo que se quejaba de cómo ella hacía su trabajo y de lo excesivo que era su sueldo, a ella difícilmente se le podía considerar como una profesional de A.A. No estaba profesionalizando el Paso Doce; simplemente lo estaba facilitando. Estaba contribuyendo a procurar que el hombre que llegaba a nuestra puerta tuviera la oportunidad que merecía. Los ayudantes y miembros de comité voluntarios podían ser de gran utilidad, pero no se podía esperar que ellos desempeñaran estas tareas día tras día.

En la Fundación, se vuelve a repetir la misma historia. Ocho toneladas de libros y literatura al mes no se empaquetan ni se envían a sí mismo a todas partes del mundo. Montones de cartas que tratan de cualquier problema de A.A. imaginable, desde el solitario esquimal hasta los dolores de crecimiento de miles de grupos, tienen que ser contestadas por gente que sepa del asunto. Hay que mantener los contractos apropiados con el mundo exterior. Hay que vigilar y cuidar de las cuerdas de salvamento de A.A. Así que contratamos a miembros de A.A. como miembros del personal de la oficina. Les pagamos bien, y se ganan su sueldo. Son secretarios profesionales (El tipo de trabajo que realizan los miembros del personal en la actualidad no tiene equivalente en las empresas comerciales. Estos miembros de A.A. aportan a su servicio en la G.S.O. una amplia variedad de experiencia profesional y de negocios), pero no son profesionales de A.A.

Quizás todo miembro de A.A. albergue para siempre en su corazón el vago temor de que algún día alguien explote nuestro nombre con ánimos de lucro personal. La mera insinuación de tal cosa siempre suele desatar un huracán, y hemos descubierto que los huracanes atacan con igual furia a los justos y a los injustos. No son nunca razonables.

No hay individuos que hayan sido más zarandeados por estas tempestades emocionales que aquellos A.A. que se han atrevido a aceptar empleo con agencias ajenas que tratan del problema del alcohol. Una universidad quería que un miembro de A.A. educara al público sobre el alcoholismo. Una compañía buscaba a un encargado de personal familiarizado con el tema. Una granja estatal para borrachos buscaba a un gerente que supiera tratar con los borrachos. Una ciudad buscaba a un asistente social experimentado que supiera bien los efectos que el alcohol puede tener en la familia. Una comisión estatal sobre el alcohol buscaba a un investigador a sueldo. Estos sólo son algunos de los trabajos que se les han ofrecido a los miembros de A.A. a título individual. De vez en cuando, miembros de A.A. han comprado casas de convalecencia o granjas de reposo donde los borrachos maltrechos podían encontrar el cuidado que necesitaban. La pregunta era - y a veces todavía es - ¿se puede calificar de profesionalismo a estas actividades según la tradición de A.A.?

Creemos que la respuesta es "No. Los miembros que eligen este tipo de ocupación no profesionalizan el Paso Doce de A.A.". El camino que nos llevó a esta conclusión fue largo y rocoso. Al comienzo, no podíamos ver el quid de la cuestión. En días anteriores, en el momento en que un A.A. aceptó un empleo en una empresa de esta índole, se sentía inmediatamente tentado de utilizar el nombre de Alcohólicos Anónimos con fines de publicidad o para recoger fondos. Las granjas de tratamiento, las empresas educativas, las legislaturas estatales y las comisiones publicaron el hecho de que tenían miembros de A.A. a su servicio. Con total ingenuidad, los A.A. que trabajaban en estas empresas rompían imprudentemente su anonimato, haciendo publicidad para su proyecto predilecto. Por esta razón, algunas buenas causas y todos sus allegados se veían sometidos a una crítica injusta por parte de los grupos de A.A. En la mayoría de los casos, estos ataques iban precedidos por el grito: "¡Profesionalismo!" Este hombre está ganando dinero a costa de A.A." No obstante, no se había contratado a ninguno de ellos para hacer el trabajo de Paso Doce de A.A. Es estos casos, la violación no era el profesionalismo, eta el romper el anonimato. Se había comprometido el único objetivo de A.A. y se había abusado del nombre de Alcohólicos Anónimos.

Es significativo que, ahora que casi ningún miembro de nuestra Comunidad rompe su anonimato al nivel público, casi todos estos temores han desaparecido. Nos damos cuenta de que no tenemos ningún derecho - y no hay ninguna necesidad - de desanimar a los A.A. que desean trabajar como particulares en estos amplios campos. De hecho, prohibírselo sería un gesto antisocial. No podemos declarar que A.A. sea una sociedad tan cerrada que guardemos nuestra experiencia y nuestros conocimientos como secretos de estado. Si un miembro de A.A., a título particular, puede llegar a ser un mejor investigador, educador, jefe de personal, ¿por qué no dejar que lo sea? Todo el mundo sale ganando, y nosotros no perdemos nada. Es cierto que algunos de los proyectos a los cuales se han vinculado los miembros de A.A. han sido mal concebidos, pero eso no tiene nada que ver con el principio que estamos considerando.

Esta es la emocionante serie de acontecimientos de la que ha surgido la Tradición de no profesionalismo de A.A. Nunca se debe pagar por hacer el trabajo de Paso Doce, pero aquellos que trabajan en nuestro servicio son dignos de su sueldo.

Novena Tradición

"A.A. como tal nunca debe ser organizada; pero podemos crear juntas o comités de servicio que sean directamente responsables ante aquellos a quienes sirven".

En su primera versión, la Novena Tradición decía: "Alcohólicos Anónimos debe tener el mínimo posible de organización". Desde aquel entonces, hemos cambiado de opinión. Hoy, podemos decir con seguridad que Alcohólicos Anónimos - A.A. como un todo - nunca debe organizarse en absoluto. Luego, en aparente contradicción, procedemos a crear juntas de servicio especiales y comités que están en sí organizados. ¿Cómo es posible, entonces, tener un movimiento no organizado que pueda crear, y que de hecho cree para sus operaciones una organización de servicio? Al contemplar esta contradicción, la gente dice, "¿Qué quieren decir con esto de no tener organización?".

Bueno, vamos a ver. ¿Ha oído alguien hablar de una nación, una religión, un partido político o incluso una asociación benéfica que no tenga reglas para hacerse miembro? ¿Ha oído alguien hablar de una sociedad que no pueda disciplinar a sus miembros, ni obligarles a obedecer sus reglas y reglamentos necesarios? ¿No es cierto que casi toda sociedad concede autoridad a algunos de sus miembros para imponer obediencia a los demás y para castigar o expulsar a los infractores? Por lo tanto, toda nación de hecho toda forma de sociedad, tiene que ser un gobierno administrado por seres humanos. En todas partes, el poder para dirigir o gobernar es la esencia de la organización.

Pero Alcohólicos Anónimos es una excepción. No sigue esta pauta. Ni su Conferencia de Servicios Generales, ni la Junta de la Fundación, ni el más humilde comité de grupo puede dar ninguna orden a ningún miembro de A.A. y hacer que se cumple, ni mucho menos imponer un castigo. Hemos intentado hacerlo muchas veces, pero el resultado siempre ha sido un fracaso total. Los grupos han tratado de expulsar a algunos miembros, pero los expulsados han regresado al lugar de la reunión y han dicho: "Para nosotros esto es la vida; no pueden prohibirnos la entrada". Algunos comités han dado instrucciones a muchos miembros para que dejen de trabajar con una persona que recae constantemente, solo para tener como respuesta: "La forma en que hago el trabajo de Paso Doce es asunto mío. ¿Quiénes son ustedes para juzgarme?". Esto no significa que un A.A. no vaya a aceptar consejos o sugerencias de miembros más experimentados; pero, sin duda, no aceptará órdenes. ¿Quién es menos popular que el A.A. veterano, lleno de sabiduría, que se traslada a otra área y trata de decir al grupo de allí cómo debe funcionar? El y todos los que, como él, "miran con alarma por el bien de A.A.", no encuentran sino la resistencia más obstinada o, peor aún, la risa.

Se podría creer que la sede de A.A. en Nueva York sería una excepción. La gente de allí tendría que tener alguna autoridad. Pero ya hace tiempo que tanto los custodios como los miembros del personal se dieron cuenta de que no podían hacer más que ofrecer sugerencias, y además ofrecerlas de forma muy suave. Incluso tuvieron que inventar un par de frases que todavía aparecen en la mitad de las cartas que escribe: "Claro que tienes perfecta libertad de manejar este asunto como mejor te parezca. Pero en su mayor parte, la experiencia de A.A. parece indicar que...." Esta actitud dista mucho de la de un gobierno central, ¿verdad? Bien sabemos que no se les puede imponer mandatos a los alcohólicos - ni individual ni colectivamente.

En esta coyuntura, podemos oír exclamar a un clérigo, "¡Están convirtiendo la desobediencia en una virtud!" El siquiatra se le une diciendo, "¡Desafiantes malcriados! ¡No quieren comportarse como adultos y amoldarse a las normas sociales!" El hombre de la calle dice, "¡No lo entiendo!" "¡Deben de estar chiflados!" Pero a todos estos observadores se les ha pasado por alto algo único de Alcohólicos Anónimos. A menos que cada miembro de A.A. siga como mejor pueda nuestros Doce Pasos de Recuperación sugeridos, es casi seguro que ha firmado su propia sentencia de muerte. Sus borracheras y su disolución no son castigos impuestos por gente con autoridad; son el resultado de su propia desobediencia a principios espirituales.

Esta misma severa amenaza se cierne sobre el grupo. A menos que se esfuerce por observar las Doce Tradiciones de A.A., el grupo también puede deteriorarse y morir. Por lo tanto, nosotros los A.A. obedecemos principios espirituales, primero porque tenemos que hacerlo y por último porque nos agrada la manera de vivir que es el fruto de esta obediencia. Los grandes sufrimientos y el amor profundo son nuestros disciplinarios; no necesitamos otros.

Ahora está claro que nunca debemos nombrar juntas para gobernarnos; y está igualmente claro que siempre tendremos que autorizar a trabajadores para que nos sirvan. Es la diferencia entre el espíritu de autoridad conferida y el espíritu de servicio, dos conceptos que a veces son polos opuestos. Con este espíritu de servicio, elegimos los comités rotativos de los grupos de A.A., la asociación intergrupal del área y la Conferencia de Servicios Generales de Alcohólicos Anónimos para A.A. como un todo, Incluso nuestra Fundación, que en el pasado era una junta independiente, hoy día es directamente responsable ante nuestra Comunidad. Sus miembros son los custodios de nuestros servicios mundiales y quienes los hacen funcionar con la mayor eficacia posible.

Así como el objetivo de cada miembro de A.A. es la sobriedad personal, el objetivo de nuestros servicios es poner la sobriedad al alcance de todos los que la quieren. Si nadie hiciera las tareas del grupo, si nadie atendiera al teléfono de la oficina del área, si no contestáramos las cartas que nos llegan, A.A., como la conocemos, cesaría de funcionar. Se cortarían nuestras líneas de comunicación con aquellos que necesitan nuestra ayuda.

A.A. tiene que funcionar, pero al mismo tiempo tiene que evitar los peligros de la gran riqueza, el prestigio y el poder arraigado que, para otras sociedades, necesariamente son una tentación. Aunque a primera vista puede parecer que la Novena Tradición trata de una cuestión plenamente práctica, en su aplicación concreta revela una sociedad sin organización, animada únicamente por el espíritu de servicio - una auténtica comunidad.

Décima Tradición

"Alcohólicos Anónimos no tiene opinión acerca de asuntos ajenos a sus actividades; por consiguiente su nombre nunca debe mezclarse en polémicas públicas".

Nunca desde sus comienzos se ha visto Alcohólicos Anónimos dividida por una gran controversia. Ni tampoco nuestra Comunidad jamás ha tomado partido públicamente en ninguna polémica de este mundo turbulento. Sin embargo, esto no ha sido una virtud adquirida. Casi se podría decir que nacimos con ella, porque, como dijo recientemente un veterano, "Muy rara vez ha oído a los miembros de A.A. discutir acaloradamente entre sí cuestiones de religión, política o reforma. Mientras no discutamos sobre estos asuntos en privado, podemos contar con que no lo haremos en público".

Como si estuviéramos guiados por algún instinto profundo, los A.A. hemos sabido desde el mismo principio que, fuera cual fuera la provocación, jamás debemos tomar participado públicamente en ninguna querella, por muy noble que fuese. La historia nos presenta el espectáculo de naciones y grupos enredados en conflictos que acabaron finalmente destrozados por haberse originado en controversias o por haber caído en la tentación de participar en ellas. Otros se derrumbaron debido a su fanática rectitud, al intentar imponer en el resto de la humanidad unos ideales de su propia invención. En nuestros tiempos, hemos visto morir a millones de personas en guerras políticas o económicas, a menudo provocadas por diferencias religiosas o raciales. Vivimos bajo el inminente peligro de un nuevo holocausto encendido con motivo de determinar cómo deben gobernarse los hombres, y cómo deben repartirse entre ellos los frutos de la naturaleza y de sus labores. Este es el clima espiritual en el que nació A.A. y en el que, por la gracia de Dios, a pesar de todo, ha florecido.

Recalquemos que esta aversión a pelearnos entre nosotros o con los demás, no la consideramos como una virtud especial que nos hace sentir superiores a otra gente. Ni tampoco quiere decir que los miembros de Alcohólicos Anónimos, ahora restablecidos como ciudadanos del mundo, vaya, a evadir su responsabilidad individual de actuar según les parece apropiado con respecto a las cuestiones de nuestra época. Pero cuando se trata de A.A. como un todo, es un asunto muy diferente. No nos metemos en controversias públicas, porque sabemos que nuestra Sociedad perecerá si lo hacemos. Creemos que la supervivencia y el crecimiento de Alcohólicos Anónimos tienen mucho más importancia que la influencia que colectivamente pudiéramos tener a favor de cualquier otra causa. Ya que la recuperación del alcoholismo significa para nosotros la vida misma, es imperativo que conservemos en su plena potencia nuestro medio de sobrevivir.

Puede que esto cause la impresión de que los alcohólicos de A.A. han llegado repentinamente a una armonía perfecta y se han convertido en una gran familia feliz. Claro que no es así. Por ser seres humanos, tenemos nuestras riñas. Antes de alcanzar un poco de estabilidad, A.A. parecía más que nada una riña colosal, al menos en la superficie. El director de una empresa, que acababa de votar en pro de un desembolso de cien mil dólares, llegaba a una reunión de negocios de A.A. y se ponía hecho una furia por unos gastos de veinticinco dólares para comprar los sellos de correo que necesitábamos. Disgustados por el intento de algunos de dirigir el grupo, la mitad de los hombres se iban airadamente para formar otro grupo que fuera más a su gusto. Los ancianos, aquejados de un arranque de fariseísmo, se han puesto enfurruñados. Se han lanzado ataques encarnizado en contra de la gente sospechosa de tener motivos dudosos. A pesar de todo ese ruido, nuestras pequeñas desavenencias nunca hicieron a A.A. el menor daño. Eran una parte integrante del proceso de aprender a vivir y trabajar juntos. Vale mencionar también que casi siempre tenían que ver con formas de hacer que A.A. fuera más eficaz, cómo hacer el mayor bien para el mayor número posible de alcohólicos.

La Sociedad Washingtoniana, un movimiento de alcohólicos que empezó en Baltimore hace un siglo, estuvo a punto de dar con la solución del alcoholismo. Al principio, la sociedad estaba compuesta exclusivamente por alcohólicos que trataban de ayudarse mutuamente. Los primeros miembros vieron que debían dedicarse a este único propósito. En muchos aspectos, los Washingtonianos eran parecidos a los A.A. de ahora. Llegaron a tener más de cien mil miembros. Si se les hubiera dejado en paz, y si se hubieran aferrado a su único objetivo, es posible que hubieran encontrado toda la solución. Pero no sucedió así. Los Washingtonianos permitieron que los políticos y los reformistas, tanto alcohólicos como no alcohólicos, se aprovecharan de la sociedad para sus propios fines. Por ejemplo, en aquel entonces la abolición de la esclavitud era una candente cuestión política. Pronto, los oradores del movimiento Washingtoniano tomaban partido, pública y apasionadamente, en esta controversia. Quizás la sociedad pudiera haber salido ilesa de la controversia de la abolición de la esclavitud, pero una vez que se puso a reformar las costumbres de beber de los norteamericanos, sus días estaban contados. Los Washingtonianos se convirtieron en cruzados de la temperancia y, a los pocos años perdieron completamente su eficacia para ayudar a los alcohólicos.

Alcohólicos Anónimos no ha echado en saco roto la lección aprendida de los Washingtonianos. Al contemplar las ruinas de ese movimiento, los primeros miembros de A.A. decidimos mantener nuestra Sociedad fuera de toda controversia pública. De esa manera, se colocó la piedra angular de la Décima Tradición: "Alcohólicos Anónimos no tiene opinión acerca de asuntos ajenos a sus actividades; por consiguiente su nombre nunca debe mezclarse en polémicas públicas".

 

Undécima Tradición

"Nuestra política de relaciones públicas se basa más bien en la atracción que en la promoción; necesitamos mantener siempre nuestro anonimato personal ante la prensa, la radio y el cine".

De no contar con una multitud de amigos sinceros, A.A. nunca podría haberse desarrollado como lo ha hecho. En todas partes del mundo, una cantidad inmensa de publicidad favorable de toda índole ha sido el medio principal para atraer a los alcohólicos a nuestra Comunidad. En las oficinas, los clubes y las casas de los A.A., los teléfonos suenen constantemente. Una voz dice, "Leí un artículo en el periódico...”, otra dice, "oímos un programa de radio...", otra más, "vimos una película... ", o, "vimos algo acerca de A.A. en la televisión". No es una exageración decir que la mitad de los miembros de A.A. han sido dirigidos a nosotros por conductos como éstos.

No todos los que nos llaman solicitando información son alcohólicos o sus familiares. Los médicos leen artículos acerca de Alcohólicos Anónimos en revistas profesionales y nos llaman para obtener más información. Los clérigos leen artículos en publicaciones editadas por organizaciones más detalladas. Jefes de empresas comerciales e industriales se enteran de que las grandes corporaciones nos han dado su aprobación, y se ponen en contacto con nosotros, para saber lo que se puede hacer en cuanto al alcoholismo en sus propias compañías.

Por lo tanto, recayó sobre nosotros la gran responsabilidad de elaborar la mejor política de relaciones públicas posible para Alcohólicos Anónimos. Tras muchas experiencias dolorosas, creemos haber determinado cuál debe ser esta política. En muchos aspectos, es lo contrario de las acostumbradas tácticas publicitarias. Nos dimos cuenta de que teníamos que contar con el principio de atracción, en vez del de promoción.

Veamos cómo estas dos ideas contrastantes - atracción y promoción - funcionan. Un partido político quiera ganar una elección, así que, para atraer votos, hace propaganda de las virtudes de sus candidatos. Una noble institución benéfica quiere recoger fondo; en seguida, aparecen en su membrete los nombres de toda la gente distinguida que le ha dado su apoyo. Una gran parte de la vida política, económica y religiosa del mundo depende de la publicidad que se hace a sus líderes. Los individuos que simbolizan causas e ideas satisfacen una profunda necesidad humana. Nosotros los A.A. no lo dudamos. No obstante, tenemos que enfrentarnos seria y sensatamente con la realidad de que el estar a la vista del público es peligroso, especialmente para nosotros. Por temperamento, casi todos nosotros habíamos sido promotores tenaces, y la perspectiva de una sociedad compuesta casi exclusivamente por promotores era algo horripilante. Teniendo en cuenta este factor explosivo, nos dimos cuenta de que tendríamos que ejercer control sobre estos impulsos.

Las recompensas de esa forma de proceder han sido asombrosas. El resultado ha sido más publicidad favorecedora de la que jamás pudiéramos haber generado por medio de los inventos y talentos de los mejores agentes de publicidad de A.A. Claro que A.A. tenía que tener algún tipo de publicidad, así que llegamos a la conclusión de que era mejor dejar que nuestros amigos nos la hicieran. Y esto es exactamente lo que ha pasado, hasta un extremo increíble. Los periodistas veteranos, acostumbrados a poner todo en duda, han hecho todo lo posible por transmitir el mensaje de A.A. Para ellos, somos algo más que una fuente de artículos de interés periodístico. En casi toda ocasión, los hombres y mujeres de la prensa se han unido a nosotros como amigos.

Al principio, la prensa no podía entender nuestro rechazo de toda publicidad personal. Estaban totalmente perplejos por nuestra insistencia en el anonimato. Luego, la comprendieron. Se encontraron ante algo inusitado en el mundo - una sociedad que decía que quería hacer publicidad de sus principios y sus obras, pero no de sus miembros individuales. La prensa estaba encantada con esta actitud. Desde entonces, estos amigos han hecho reportajes sobre A.A. con un entusiasmo que a los miembros más fervientes les resultaría difícil igualar.

De hecho, había una época en que la prensa de Norteamérica apreciaba el valor que el anonimato de A.A. tenía para nosotros incluso más que algunos de nuestros propios miembros. En un momento dado, unos cien miembros de nuestra Sociedad estaban rompiendo su anonimato al nivel público. Con muy buenas intenciones, esas personas decían que le principio de anonimato era algo anticuado, algo que pertenecía a la época pionera de A.A. Estaban convencidos de que A.A. podría avanzar más rápidamente y llegar más lejos, si se valiera de los métodos modernos de publicidad. En A.A., indicaban, había muchas personas de fama local, nacional o internacional. Si estaban dispuestos - y muchos lo estaban. ¿Por qué no hacer publicidad de su pertenencia a A.A., y así animar a otros a unirse a nosotros? Estos eran argumentos plausibles, pero nuestros amigos escritores no estaban de acuerdo.

La Fundación dirigió cartas a casi todas las agencias de noticias de Norteamérica, exponiendo nuestra política de relaciones públicas de atracción en vez de promoción, y haciendo hincapié en que el anonimato personal es la mejor protección de A.A. Desde aquel entonces, los editores y redactores repetidamente han omitido los apellidos y las fotos de los miembros en los artículos que trataban de A.A.; a menudo, han hecho recordar a personas ambiciosas el principio de anonimato de A.A. Con este fin, incluso han llegado a sacrificar buenas historias. Si vigorosa cooperación nos ha sido de gran ayuda. Solo quedan unos pocos miembros de A.A. que rompen deliberadamente su anonimato al nivel público.

Este es, en breve, el proceso que dio como fruto la Undécima Tradición. No obstante, para nosotros representa mucho más que una sensata política de relaciones públicas. Es más que un rechazo del egoísmo. Esta Tradición nos recuerda de manera constante y concreta que en A.A. no hay lugar para la ambición personal. Mediante esta Tradición, cada miembro es un guardián activo de nuestra Comunidad.

Duodécima Tradición

"El anonimato es la base espiritual de todas nuestras Tradiciones, recordándonos siempre anteponer los principios a las personalidades".

La sustancia espiritual del anonimato es el sacrificio. Ya que las Doce Tradiciones de A.A. nos piden repetidamente que sacrifiquemos nuestros deseos por el bien común, nos damos cuenta de que el espíritu de sacrificio - simbolizado muy apropiadamente por el anonimato - es la base de todas ellas. La buena disposición de los A.A. para hacer estos sacrificios, demostrada una y otra vez, es lo que hace que la gente sienta gran confianza en nuestro porvenir.

Pero al principio, el anonimato no nació de la confianza; era hijo de nuestros temores. Nuestros primeros grupos de alcohólicos no tenían nombre; eran sociedades secretas. Los nuevos solo podían encontrarnos por medio de unos cuantos amigos de confianza. La mera insinuación de publicidad, incluso de nuestro trabajo, nos asustaba. Aunque ya no éramos bebedores, todavía creíamos que teníamos que escondernos de la desconfianza y el desprecio del público.

Cuando se publicó el Libro Grande en 1939, le pusimos el título de "Alcohólicos Anónimos". En su prólogo aparecía esta reveladora declaración: "Es importante que nosotros permanezcamos anónimos porque en el presente somos muy pocos para atender el gran número de solicitantes que pueden resultar de esta publicación. Siendo la mayoría gente de negocios o profesionales, no podríamos realizar bien nuestro trabajo en tal eventualidad". Se puede leer fácilmente entre estas líneas nuestro temor de que una gran afluencia de gente nueva pudiera causar una ruptura de anonimato de inmensa proporción.

A medida que se multiplicaban los grupos de A.A., también se multiplicaban los problemas de anonimato. Entusiasmados por la recuperación espectacular de un hermano alcohólico, a veces hablábamos abiertamente de los detalles íntimos y angustiosos de su caso, detalles que estaban destinados únicamente para los oídos de su padrino. Entonces, la víctima agraviada decía, con razón, que habíamos traicionado su confianza. Estos episodios, cuando empezaron a circular fuera de A.A., provocaron una gran falta de confianza en nuestra promesa de anonimato. Incluso hacían que a menudo la gente se alejara de nosotros. Claramente, el nombre - y también la historia - de cada miembro de A.A. tenían que ser confidencial, si él así lo deseaba. Esta fue nuestra primera lección en la aplicación práctica del anonimato.

No obstante, a algunos de nuestros principiantes, con su típica intemperancia, no les importaba en absoluto la confidencialidad. Querían proclamar a los cuatro vientos que eran miembros de A.A., y así lo hicieron. Los alcohólicos apenas desintoxicados iban corriendo enardecidos por todas partes, enganchando a cualquiera que les escuchara contar sus historias. Otros se precipitaban a colocarse delante los micrófonos y las cámaras. A veces, se emborrachaban estrepitosamente, poniendo a sus grupos en un gran aprieto. Pasaron de ser miembros de A.A. a ser fanfarrones de A.A.

Este fenómeno nos hizo parar a pensar. Teníamos ante nosotros la pregunta: "¿Hasta qué punto debe ser anónimo un miembro de A.A.?". Nuestro desarrollo dejó claro que no podíamos ser una sociedad secreta, pero era igualmente claro que tampoco podíamos convertirnos en una especie de circo. Tardamos mucho tiempo en trazar un camino seguro entre estos extremos.

Por regla general, el típico recién llegado quería que su familia supiera inmediatamente lo que intentaba hacer. También quería contárselo a otros que habían tratado de ayudarle - su médico, su consejero espiritual y sus amigos íntimos. A medida que iba cobrando confianza, le parecía apropiado explicar su nueva forma de vivir a su jefe y as sus colegas. Cuando se le presentaba la oportunidad de ayudar, le resultaba fácil hablar de A.A. con casi cualquier persona. Estas revelaciones privadas le ayudaban a perder el miedo al estigma del alcoholismo, y a difundir las nuevas de la existencia de A.A. en su comunidad. Muchas personas nuevas llegaron a A.A. como consecuencia de tales conversaciones. Aunque estos intercambios no seguían estrictamente el sentido literal del anonimato, sí se ajustaban al espíritu del principio.

No obstante, nos dimos cuenta de que este método de comunicación de palabra era muy limitado. Nuestro trabajo, como tal, tenía que hacerse público. Los grupos de A.A. tendrían que alcanzar a tantos alcohólicos desesperados como pudieran. Por consiguiente, muchos grupos empezaron a celebrar reuniones abiertas al público y amigos interesados, a fin de que el ciudadano medio pudiera ver con sus propios ojos de qué se trataba A.A. Estas reuniones tuvieron una calurosa acogida. Muy pronto los grupos empezaron a recibir solicitudes para que miembros de A.A. hablaran ante las organizaciones cívicas, asociaciones religiosas y sociedades médicas. Con tal que en estas ocasiones se guardara el anonimato y se advirtiera a los periodistas presentes que se abstuvieran de usar los apellidos y las fotos, el resultado era bueno.

Luego tuvimos nuestras primeras experiencias en el campo de la publicidad a gran escala, y fueron asombrosas. Como consecuencia de los artículos acerca de nosotros publicados en el Cleveland Plain Dealer, el número de miembros en esta ciudad pasó de la noche a la mañana de unos pocos a varios centenares. Las crónicas que aparecieron en la prensa sobre la cena que el Sr. Rockefeller dio para Alcohólicos Anónimos contribuyeron a que se duplicara el número de miembros en el plazo de un año. El famoso artículo de Jack Alexander en el Saturday Evening Post convirtió a A.A. en una institución nacional. Tributos como éstos nos brindaron otras oportunidades para darnos a conocer. Más periódicos y revistas querían publicar reportajes acerca de A.A. Algunas compañías cinematográficas querían filmarnos. La radio y después la televisión nos acosaban con solicitudes de entrevistas. ¿Qué debíamos hacer?

Al ver crecer esta marea que podría traer consigo una gran aprobación pública, nos dimos cuenta de que podría hacernos un bien incalculable o un tremendo daño. Todo dependería de cómo se canalizara. Simplemente no podíamos exponernos al riesgo de que algunos miembros autonombrados se presentaran a ellos mismos como los mesías y portavoces de A.A. ante el público en general. Nuestros instintos promotores podrían ser nuestra destrucción. Si uno solo de esos miembros se emborrachara en público, o se rindiera a la tentación de utilizar el nombre de A.A. para su propio nivel (la prensa, la radio, el cine, la televisión), la única respuesta posible era el anonimato - un cien por cien de anonimato. Es este caso, los principios tendrían que anteponerse a las personalidades, sin excepción alguna.

Estas experiencias nos enseñaron que el anonimato no es sino la auténtica humildad en acción. Es una cualidad espiritual que hoy día caracteriza todos los aspectos de la forma de vida de A.A. en todas partes. Animados por el espíritu de anonimato, nos esforzamos por abandonar nuestros deseos naturales de distinguirnos personalmente como miembros de A.A., tanto entre nuestros compañeros alcohólicos como ante el público en general. Al poner a un lado estas aspiraciones eminentemente humanas, creemos que cada uno de nosotros participa en tejer un manto protector que cubre toda nuestra Sociedad y bajo el cual podemos desarrollarnos y trabajar en unidad.

Estamos convencidos de que la humildad, expresada por el anonimato, es la mayor protección que Alcohólicos Anónimos jamás puede tener.